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Calle de los Libreros

Por EMNM | 1/09/2014 |


Madrid conserva numerosas calles con los nombres de diversos oficios y gremios que antiguamente se agrupaban en determinadas zonas de la ciudad, como por ejemplo las calles de Curtidores, Tintoreros, Cedaceros, Coloreros, Bordadores, Latoneros, etc. Hoy muchas de estas calles sólo conservan el nombre de los gremios y comercios que antaño se ubicaron en ellas pero, curiosamente, todavía quedan algunas en las que sí se conservan milagrosamente algunos de los negocios que dieron nombre a la calle, es el caso de la Calle de los Libreros.

Entre la Gran Vía y la calle Estrella se encuentra esta pequeña calle que, hasta hace unas décadas, los comercios que predominaban eran librerías. En la actualidad casi todas han desaparecido y solo unas pocas mantienen su negocio abierto. Lejos quedan aquellos años en los que a principios de septiembre, con el inicio del nuevo curso universitario, la Calle de los Libreros se convertía en un verdadero hervidero de gente que hacía cola para comprar los textos universitarios en las librerías y en los puestos que los estudiantes, de forma improvisada, montaban para vender los libros de segunda mano y así poder comprar los libros del nuevo curso, podríamos decir que era una especie de “topmanta” primigenio. Todo aquello prácticamente ha desaparecido, las librerías han ido cerrando y quién sabe cuánto tiempo aguantarán las que todavía quedan. Un futuro incierto y más en estos tiempos en el que las librerías de todo Madrid han ido cerrando en un lento pero incesante goteo.

La Calle de los Libreros toma este nombre por las librerías y por sugerencia de Pío Baroja pero hace poco más de un siglo, antes de la construcción de la Gran Vía, este lugar tuvo varios nombres y una curiosa leyenda. 

Pedro de Répide, en su obra Las calles de Madrid, hace referencia a este lugar y cuenta que en sus orígenes se llamaba Calle de la Justa. Al parecer, en este lugar vivió una señora llamada Justa en cuya casa había un pozo del que salieron dos basiliscos que acabaron con la vida de esta mujer. La historia es, por decirlo de alguna manera, de lo más fantasiosa. Que hubiese una mujer llamada Justa pudo ser cierto, ahora, lo de los basiliscos asesinos como que no parece muy creíble.

Para disgusto de los basiliscos y de la propia Justa, en mayo de 1893 la calle cambió de nombre y se le puso el mitológico nombre de Ceres. Una vez más Pedro de Répide hace alusión a este dato y no sin enfado, comenta que hubiera sido más apropiado poner a la calle el nombre de Venus pues este lugar se había convertido en poco tiempo en un verdadero prostíbulo y cito textualmente: “No es pintoresco, sino lamentable y hediondo, el trozo de ella (se refiere a la calle) en que se agrupan los cochambrosos lupanares, cubiles donde tiene asilo la varia fauna del hampa de la corte”.

A principios del siglo XX parte de esta calle y los prostíbulos desaparecieron para siempre por la construcción de la Gran Vía, tomando la forma que tiene en la actualidad. Más tarde, durante la II República fue llamada Calle de Constantino Rodríguez hasta que finalmente, en 1943 cambió su nombre por el de Calle de los Libreros que se mantiene hasta hoy.


Foto B/N Calle Libreros / Diario Actualidades / Marzo de 1910



Calle de la Morería

Por EMNM | 2/24/2012 |

A pocos pasos del Viaducto se encuentra la calle de la Morería, esta zona es una de las más antiguas de Madrid y está habitada desde la Edad Media.

En este barrio se instalaron los moros que decidieron no abandonar Madrid después de la conquista cristiana en 1085 por Alfonso VI. Allí permanecieron hasta 1492, año en el que fueron expulsados los moros y judíos del Reino y la Inquisición, con el tiempo, hizo el resto.

Hoy es una de las zonas más castizas de Madrid y nada recuerda su pasado morisco, tampoco se conserva un caserón en el que se cuenta que allí se instalaron los Reyes Católicos durante un tiempo.

El 6 de diciembre es el Día de la Constitución, una de las fechas importantes del calendario festivo español.
Nuestra constitución es una de las más jóvenes de Europa y no es la primera que hemos tenido en España, hubo varias que, casi todas, han acabado de forma dramática.

Como no podía ser de otra manera, en Madrid tenemos un monumento en honor a la Carta Magna, posiblemente el monumento más feo de todo Madrid pero, hubo un tiempo en el que una de las plazas más emblemáticas de la ciudad fue llamada Plaza de la Constitución, me refiero a la actual Plaza Mayor.

Posiblemente, esta plaza sea el mejor ejemplo para demostrar la enfermiza obsesión que tenemos los españoles en cambiar las cosas una y otra vez.

En sus inicios, nuestra querida plaza se llamaba “Plaza del Arrabal”, años después pasó a llamarse Plaza Mayor y mantuvo este nombre hasta principios del siglo XIX.

Con “La Pepa”, nombre vulgar que le dieron a la Constitución Española de 1812 todas las plazas mayores de España fueron llamadas “Plaza de la Constitución”, así que nuestra Plaza Mayor volvió a cambiar de nombre y la llamaron "Plaza de la Constitución".

Como todos sabemos la Constitución de 1812 se fue al garete pocos años después y en 1814, con el cambio de régimen, las plazas en su honor cambiaron de nombre otra vez y la actual Plaza Mayor pasó a llamarse “Plaza Real”.
El siglo XIX fue de todo menos tranquilo, los cambios de régimen y políticos se reflejaron, ¡como no! en los nombres de la Plaza Mayor, volviéndose a llamar “Plaza de la Constitución” en los períodos de 1820 a 1823, después de 1833 a 1835 y más tarde de 1840 a 1843.

Pasaron los años y... ¿qué pasó? pues que la plaza cambió de nombre. En 1873 pasó a llamarse “Plaza de la República”, meses más tarde “Plaza de la República Federal” y, como era de esperar, el nombre cambió otra vez, en 1874 volvió a llamarse “Plaza de la Constitución”.

Los cambios de nombre de la plaza no cesaron hasta el final de la Guerra Civil, fue entonces cuando se recuperó el nombre de “Plaza Mayor” y así se ha mantenido hasta la actualidad, algo que espero y deseo siga así durante muchos años.

La Constitución es documento que nos garantiza nuestros derechos y libertades, además de marearnos con el cambio de nombres del callejero cada vez que algún iluminado decide acabar con ella.


Calles del Mediodia

Por EMNM | 9/07/2011 |

Paralelas a la calle Calatrava y a la calle del Águila, se encuentran dos calles con un curioso nombre, se trata de la calle de Mediodía Grande y calle Mediodía Chica.

El origen de este curioso nombre parece ser que es debido a que en esta zona del Madrid más castizo, había unas elevaciones del terreno que se llamaban Cerros del Mediodía, posiblemente lo del mediodía era por su orientación.

Según cuenta Pedro de Répide en su obra “Las calles de Madrid”, la calle del Mediodía Grande era conocida en el pasado por sus hostales y no precisamente por su buena calidad, todo lo contrario, ya que eran frecuentados por gente miserable y por hampones de todo pelaje y condición.


El Pasadizo Oculto

Por EMNM | 4/25/2011 |

A muy pocos pasos de la Plaza de la Villa, junto a la basílica de San Miguel, se encuentra una calleja que casi pasa desapercibida, que tiene un curioso nombre, el Pasadizo del Panecillo.

Este pasadizo es, como su nombre indica, es un estrecho callejón entre la Basílica de San Miguel y el viejo Palacio Arzobispal. El acceso está cerrado al público por una gran verja y así ha estado desde hace bastantes años.

Este lugar, en un principio se llamó Pasadizo de San Justo, nombre tomado de la Basílica de San Miguel que, anteriormente, era la Iglesia de San Justo. Parece ser que el cambio del nombre de esta calleja ocurrió en el siglo XVIII, por una de las acciones del arzobispo Luis Antonio Jaime de Borbón, que decidió entregar diariamente un panecillo a todos los mendigos que pasasen por allí, así fue como pasó a llamarse popularmente con el nombre actual.

En el Madrid del XVIII los mendigos eran legión, decenas de ellos acudían a diario para recibir un panecillo, esto supuso que día sí y día también, los mendigos provocasen todo tipo de altercados y desagradables trifulcas. Para más inri, el lugar se convirtió en uno de los puntos más peligrosos de Madrid al caer el Sol, sus recovecos y la pésima iluminación nocturna era aprovechada por los delincuentes para robar a todo el que pasaba por allí.

Las peleas, la suciedad y los robos llegaron a un límite insostenible, la única forma de acabar con ello era prohibiendo el acceso, así que se dio orden de cerrar el pasadizo y así sigue desde el año 1829, cerrado por una gran cancela de forja.

Actualmente, las cámaras de seguridad y la iluminación hacen de este rincón un lugar seguro y encantador pero, en alguna que otra ocasión, he podido ver algún mendigo recostado en la reja a la espera de recibir alguna moneda de los fieles que asisten a las misas de la basílica. Mendigos ajenos a la historia de este lugar pero con un nexo común con el pasado, la pobreza.


Calle del Cordón

Por EMNM | 4/13/2011 |

En el corazón del viejo Madrid, entre la Plaza de la Villa y la calle Segovia, se encuentra la calle del Cordón.
El nombre de la calle y el dibujo del azulejo que da nombre a la calle, que aparece en la foto superior, recuerda a un jeroglífico, es como un enigma que hay que resolver.

¿Por qué se llama calle del Cordón?

En el pasado, esta calle tenía el dramático y contundente nombre de Calle de los Azotados, un nombre que a mí personalmente me gusta mucho más que el actual. Se llamaba así porque precisamente por esta calle, pasaban los presos que salían de la Cárcel de la Villa condenados a ser azotados. En 1835 la calle cambió de nombre, posiblemente, para quitarle dramatismo, le pusieron el nombre actual, Calle del Cordón.

Hay dos leyendas que hablan de ello, la primera se refiere a la existencia de un cordón que adornaba la fachada del conde de Puñonrostro.
Otra leyenda que, a mi juicio, es la verdadera razón de este nombre, se debe a un cordón esculpido en piedra colocado por Juan Delgado, parece ser en recuerdo de un casco que perdió en la batalla de Almansa.

Cualquiera de las dos o ninguna puede ser cierta pero, como ya he dicho antes, sospecho que la segunda es la que más se acerca a la realidad.

Calle de los Mancebos

Por EMNM | 2/27/2011 |

A pocos pasos de la parroquia de San Andrés, se encuentra la calle de los Mancebos y, como se puede ver en la foto, en la placa de azulejo que da nombre a la calle, aparecen dos jóvenes encadenados, una teja y una daga pero, ¿qué significan estos símbolos?

Antiguamente a los jóvenes se les llamaba “mancebos” palabra que, según la Real Academia de la Lengua, viene del latín y significa, mozo de pocos años, entre otros significados. Dicho esto, podemos empezar a aclarar el significado del azulejo y del nombre de la calle.

Un apacible día de junio de 1217, en el palacio episcopal de la ciudad castellana de Palencia, se encontraba Enrique I de Castilla jugando con unos niños. Que el rey estuviese jugando con niños puede sonar raro pero, no menos raro es imaginar a un rey de 13 años, como era Enrique I reinando, así que lo lógico, es imaginar a un jovencísimo rey haciendo lo propio de su edad, jugar.
La mala suerte quiso que, por accidente, al joven rey le cayese una teja en la cabeza que le dejó inconsciente. Unos días más tarde, el rey moriría a consecuencia de este accidente.

Se culpó de la muerte a dos chavales, fueron acusados de lanzar la teja al rey y, éstos fueron detenidos y enviados a Madrid para juzgarles. Se les encerró en la casa de los Laso de Castilla que, al parecer, se encontraba muy cerca de la parroquia de San Andrés y allí mismo fueron ajusticiados, degollados con una daga.

La calle lleva el nombre de aquellos desgraciados y la placa de azulejo les recuerda.

Azulejos y calles

Por EMNM | 11/04/2010 |

Muchas calles del centro histórico de Madrid, lucen unos bonitos azulejos que dan nombre a las calles, además de aparecer en ellos algo simbólico que hace referencia al origen del nombre de la calle.

Estos azulejos se empezaron a colocar en Madrid en los años treinta del siglo XX. Con la llegada de la II República, el Ayuntamiento decidió cambiar el nombre de algunas calles de Madrid, el presupuesto para ello, como siempre, fue escaso, así que alguien decidió echar mano de la Escuela Oficial de Cerámica Artística de Madrid para que hiciese los azulejos que darían nombre a las calles. Al principio se pensó en letras sueltas, similares a los letreros que dan nombre a las calles de otras ciudades, como en Sevilla pero, surgió un problema técnico, en algunas calles los nombres eran largos y, además de feo, era complicado poner las letras.

Después de varios diseños se optó por hacer unos azulejos grandes que dieran nombre a la calle y que en ellos apareciese una imagen que fuera una alegoría de la calle. Así fue como se empezaron a colocar estos azulejos para dar nombre a las calles madrileñas.

En un principio se colocaron más de doscientos que, al parecer, gustaron mucho a los madrileños y a los turistas de la época.

Años después, la guerra paralizó todo tipo de desarrollo en Madrid, por razones obvias, los azulejos también. Más tarde, en los años 60 del siglo XX volvieron a utilizarse este tipo de azulejos hasta hoy.

Las imágenes corresponden a dos tipos de azulejos para un mismo lugar. La foto en blanco y negro es de 1935 y la foto en color es de la actualidad.

Infinidad de calles madrileñas tienen nombres que guardan relación con personajes que habitaron en ellas, sucesos o leyendas, algunas de ellas, las puedes encontrar en la sección "Calles".

Hoy voy hablar de la calle de la Cabeza, cuyo nombre viene dado por una de las leyendas más curiosas de Madrid, que bien podría ser el guión de una película de terror.

La calle de la Cabeza se encuentra en el barrio de Lavapiés. Allá por el siglo XVII, reinando Felipe III, esta zona tenía un aspecto muy diferente al que tiene hoy, no estaba tan poblada e incluso se podían ver huertos y campos de labor. En algún punto de esta calle, había una casa, hoy desaparecida, en la que vivía un sacerdote junto a un sirviente que le ayudaba en el cuidado de la misma.

Parece ser que el sacerdote tenía una pequeña fortuna y la mala costumbre de guardarla a la vista de su sirviente, posiblemente fruto de la confianza que tenía con él. Un buen día, el sirviente dejó de serlo para convertirse en ladrón y asesino. No sólo le robó la fortuna al sacerdote, además, le asesinó brutalmente. No se sabe muy bien cómo fue pero, al parecer, el sacerdote murió decapitado.

El sirviente puso pies en polvorosa y se largó a Portugal, donde se le perdió la pista. Al sacerdote le encontraron días después, decapitado y en un charco de sangre. Este crimen fue todo un escándalo del que se hablaría durante bastante tiempo hasta que, poco a poco la gente se fue olvidando de ello.

Será por aquello de que los criminales siempre vuelven al lugar del crimen, pasado un tiempo razonable, al sirviente le dio por volver a Madrid. Su aspecto había cambiado bastante, vestía como si fuese un caballero, con una flamante capa, tan de moda en aquella época. Un buen día, estaba dando una vuelta y se le antojó comer cabeza de carnero, así que compró una en un puesto y se fue caminando por las calles, quizás pensando en cómo cocinar aquella cabeza.

Antiguamente las bolsas de plástico no existían, bueno, ahora tampoco parecen existir en algunos comercios que se empeñan en no tenerlas porque se las comen las tortugas marinas que viven a cientos de kilómetros de Madrid... volviendo al tema, como no había bolsa de plástico, el sirviente, ahora disfrazado de caballero, se guardó la cabeza de carnero bajo la capa y se fue para ver dónde se la podían cocinar.

No lejos del sirviente y su cabeza, había un alguacil que, alarmado al ver un reguero de sangre en el suelo, comenzó a seguirlo, pensando que se trataba de sangre humana y ¡voilà! se topó con el sirviente.

El alguacil al ver que ese caballero tenía algo oculto en la capa y que, encima chorreaba sangre, le dijo que le enseñase lo que guardaba, el sirviente, muy ufano abrió la capa y le cambió la cara, la cabeza que llevaba ya no era la del carnero, ¡era la del sacerdote!

Finalmente el sirviente fue ahorcado en la Plaza Mayor, ante la atenta mirada de los madrileños de la época y la mirada muerta del sacerdote que, de forma justiciera habían colocado su cabeza en una bandeja de plata durante la ejecución. Se dice que con el último estertor del reo, la cabeza de sacerdote volvió a ser la del carnero.

Hoy se recuerda aquel hecho, mitad realidad y mitad leyenda, en las placas que dan nombre a la calle, en ellas aparece la cabeza del cura sobre una bandeja y, a un lado la del carnero.

Calle del Toro

Por EMNM | 9/02/2010 |

Todos los nombres de las calles tienen un origen, cuanto más antiguas son, más interesantes son las historias que dieron el nombre a esas calles.

En un país como el nuestro, donde el toro es un icono desde la Prehistoria, no es raro que existan calles dedicadas a este noble animal. En Madrid, en pleno Barrio de los Austrias, existe una calle en la que aparece un toro y que, como no podía ser de otra manera, se llama Calle del Toro.

Parece ser que el origen de este nombre se debe a la travesura de un chaval. Se cuenta que después de una corrida en la que se lidió a un toro de gran bravura, pocos días después de su muerte, a la misma hora en la que murió el animal, en esta calle resonaba un espeluznante bramido que asustó a más de uno de los que pasaban por allí.
La broma no duró mucho tiempo y finalmente descubrieron al autor de semejante berrido, un chaval que utilizaba un asta de toro a modo de corneta y que sonaba igual que el bramido de un toro.

Hay otra versión que dice que la calle toma este nombre porque de una de sus casas colgaban unas grandes astas de toro, no sé si en una ventana o en un balcón, cosa que no sería extraña, si eres asiduo de este blog ya conocerás la sección "en el balcón". Es posible que el gusto de poner cosas raras en los balcones venga de lejos.

La Gran Vía

Por EMNM | 3/23/2010 |

Dentro de muy poco la Gran Vía cumplirá 100 añitos. Un cumpleaños que vamos a festejar a lo grande, así que lo mejor es empezar ya a calentar motores.



Por cierto, ¿qué regalo de cumpleaños harías a la Gran Vía?

Calle de la Sierpe

Por EMNM | 12/29/2009 |

Muy cerca de la calle de Toledo se encuentra una calle de misterioso nombre, la Calle de la Sierpe. Si nos fijamos en las placas que dan el nombre a la calle, descubriremos que el nombre viene dado por una fuente y no por una sierpe, que es una serpiente de tamaño monstruoso.

En esta calle hubo en el pasado una fuente con un caño con forma de serpiente, una fuente muy concurrida por aguaderos y vecinos que, con su curioso caño, dio nombre a toda una calle.
Según cuenta Pedro de Répide en su obra Calles de Madrid, esta calle fue también conocida por calle de las Negras y es que allí vivía un comerciante de joyas brasileño, muy rico, que daba muy mala vida a unas esclavas negras que vivían con él.

Parece ser que el brasileño maltrataba a las mujeres de una forma brutal, las encadenaba, las golpeaba y sufrían constantes castigos. Un buen día, unos ladrones entraron en su casa para robarle las joyas. Los ladrones le encadenaron en uno de los postes donde solía encadenar a las esclavas y éstas, tomándose la justicia por su mano, le dieron una horrible muerte mientras los ladrones le robaban todas sus riquezas.

A la vuelta de la esquina, en 2010, se cumplirán 100 años del inicio de la construcción de la emblemática Gran Vía, posiblemente la avenida más importante y conocida de Madrid. Las obras se iniciaron oficialmente en abril de 1910 pero unos años antes, se hicieron los primeros proyectos de cómo debía quedar la Gran Vía una vez terminada.

Así es como la concibió el arquitecto José López Sallaberry, uno de los responsables del proyecto.

Si lo comparamos con las siguientes fotos, casi podemos decir que su proyecto fue casi un fiel reflejo de lo que él imagino.


Imagen b/n tomada de la revista Actualidades del 24 de febrero de 1910

Martín de los Heros fue un personaje muy popular nacido en 1789. Fue ministro de Mendizábal en 1835 y a él le debemos importantes mejoras en los parques del Retiro, la Casa de Campo o el Campo del Moro.

Una calle de Madrid lleva su nombre. Curiosamente, en algunos tramos de la calle, podemos ver dos placas con el nombre antiguo de la calle y el actual.
El nombre antiguo es Don Martín, refiriéndose al mismo personaje, el actual es menos familiar, es calle de Martín de los Heros.

Resulta curioso ver como ambas placas conviven juntas, la sobria, con el nombre completo, y la abreviada, con un trato más cercano y familiar.

Entre la Gran Vía y la calle Adaba, se encuentra la calle de Chinchilla. Este nombre no viene dado por la existencia de estos animales tan utilizados en peletería, su nombre se lo debemos a un señor llamado Francisco Chinchilla que era el terror de los canes de Madrid debido a sus “malas pulgas” que en España, tener malas pulgas significa tener muy mal genio.

Francisco Chinchilla vivía a finales del siglo XVIII en una casa de la calle que lleva su nombre, ostentaba el cargo de “alcalde de casa y rastro”, un cargo que estaba destinado para jueces de la administración de justicia.

Chinchilla era un magistrado muy duro, tanto que se ganó el odio de muchos madrileños de la época. Fue autor de varias ordenanzas, algunas bastante crueles, como la que obligaba a los alguaciles que viesen a perros vagabundear acabasen con ellos a pedradas. De esta brutal ordenanza surgió el dicho popular “le conocen hasta los perros”. Se decía también que cuando Chinchilla pasaba cerca de un perro, inmediatamente salía corriendo aullando como los lobos, obviamente es una exageración popular.

Pese a ser un hombre muy severo y bruto, tuvo algunos aciertos, como la creación de una ordenanza en la que se prohibía la infecta costumbre de abandonar animales muertos en la vía pública.
Esta prohibición no fue muy bien recibida por algunas personas. Hoy como ayer, cada vez que se saca una nueva ordenanza municipal, solemos discutirla, con o sin razón y siempre hay quien la incumple por gusto o por protesta.
Chinchilla no se libró de esta costumbre tan nuestra de incumplir las normativas, nada más dictar la ordenanza en la que se prohibía abandonar animales muertos en la calle, en la propia puerta de su casa aparecieron todo tipo de animales muertos.

Un buen día Chinchilla caminaba por la calle y vio a dos ancianas desplumando a unas aves a pocos pasos de su casa, al ver esa escena, entró en cólera y les preguntó de dónde habían sacado esas aves. Una de las ancianas le dijo que eran pobres y que las habían cogido para comer de “su basurero” igual que una lechuza muerta que encontraron el día anterior, Chinchilla, posiblemente con los ojos desorbitados preguntó ¿cuál es mi basurero? y la anciana respondió “la calle de su señoría”.

Los gritos de Chinchilla debieron escucharse por todo Madrid, después de un gran escándalo, unos alguaciles se llevaron a las dos ancianas derechitas a prisión. Al día siguiente, en la misma puerta de la casa de Chinchilla, apareció una lechuza muerta clavada con un cuchillo, seguramente en venganza por lo ocurrido en día anterior.

El pobre Chinchilla fue uno de los personajes más odiados de Madrid, tanto que, incluso después de muerto, corría por Madrid una leyenda que hablaba de extraños sucesos en el convento en el que fue enterrado, se decía que los frailes tuvieron que despojarle de su mortaja, un sayal franciscano, porque Dios le había condenado a penar en el Infierno.

Entre las calles de Atocha y la calle del Prado se encuentra la calle del León. Su nombre de debe a que en ella se estableció un indio que tenía un león enjaulado. Se trataba de una atracción de feria con la que el indio se ganaba la vida, por dos maravedís lo mostraba al público. Debió ser tan popular que la calle tomó el nombre de aquella atracción de feria.

También en esta calle estaba situado uno de los famosos mentideros de Madrid, conocido por el mentidero de los Cómicos.

Otra de las curiosidades de esta calle es que en ella hubo en el siglo XVIII, el despacho de pescado, conocido como “fresco”, más famoso de todo Madrid. Uno de los poquísimos lugares donde se podía comprar pescados de mar relativamente frescos.
En aquella época las comunicaciones con los puertos marítimos eran muy malas y el trasporte del pescado de la costa a Madrid era muy lento.
No es de extrañar que el precio del pescado fuese tan alto que se convertía en un verdadero lujo. Se llegaban a pagar hasta doce reales por un besugo que, normalmente no llegaba en muy buenas condiciones a la capital del Reino.

Curiosamente, el besugo es, todavía hoy, uno de los platos estrella en la cena del fin de año, se cocina al horno con unas rodajitas de limón en el costado. Esta costumbre es una reminiscencia de los tiempos pasados en los que los besugos no llegaban muy frescos y por eso se le ponía el limón, para disimular el tufillo que despedía.

Hoy los besugos llegan a las pocas horas de ser capturados, bien frescos pero, seguimos horneándolos con rodajas de limón.


Una esquina.

Calle del Rollo

Por EMNM | 5/12/2009 |

Entre la calle de Madrid y la travesía del Conde se encuentra la calle del Rollo, una vieja calle que debe su nombre a un desaparecido rollo jurisdiccional que hubo allí en el pasado.

Los rollos jurisdiccionales eran unas columnas de piedra que podían estar o no decoradas y que solían estar rematadas por una cruz de hierro.

Estos rollos fueron en un principio uno de los símbolos de las villas que contaban con privilegios pero, con el tiempo tomaron otra función más siniestra, la de “picotas” un lugar en donde se exponían los cuerpos o los restos, normalmente las manos y cabezas, de los ajusticiados. Era una forma de castigo ejemplarizante y disuasorio para aquellos que no temían a la justicia.

La mayoría de los rollos fueron derribados en el siglo XIX por un decreto de las cortes de Cádiz pero, todavía hoy, podemos encontrar rollos jurisdiccionales en muchos puntos de España que han sobrevivido al paso de los siglos, algunos en mejor estado que otros.

El Pasaje de Matheu

Por EMNM | 4/26/2009 |

A pocos pasos de la Puerta del Sol, entre las calles Espoz y Mina y la calle de la Victoria se encuentra el Pasaje de Matheu, una calle peatonal flanqueada por bares de tapas que, con la llegada del buen tiempo, queda cubierto por terrazas repletas de turistas.

Poco o nada recuerda los orígenes de esta calle que a finales del XIX fue la pequeña Francia.
Fue en 1840 cuando se abrió esta vía en los terrenos del desaparecido Convento de la Victoria. Siguiendo el gusto afrancesado de la época, el techo de este pasaje estaba cubierto por hermosa cristalera y las entradas del pasaje ricamente ornamentadas.
En el pasaje se encontraban elegantes tiendas y cafés, que hacían de este lugar una de las galerías más suntuosas de Europa.

Además de las tiendas, hubo dos cafés abiertos por franceses exiliados en España y los dos con ideología política totalmente opuesta. El Café de París que era el lugar de reunión de los monárquicos y conservadores de la colonia francesa y el Café de Francia, que era frecuentado por republicanos. Su fundador fue un revolucionario llamado Doublé que estaba exiliado en España.
Pese a la rivalidad comercial y política los dos cafés convivían pacíficamente y, además, en ellos se podía comer muy bien y a buen precio.

Estos dos cafés fueron de los primeros en colocar terrazas fuera del local, una costumbre muy mal vista por los madrileños de la época y que gracias a estos cafés se empezó a extender por todo Madrid hasta nuestros días.

Como he dicho antes, actualmente no hay nada que recuerde aquellos años, el pasaje perdió su vidriera, su elegancia y el nombre ya que en un principio se le llamó Pasaje de la Villa de Madrid y hoy se le conoce con el Pasaje de Matheu, nombre del propietario del terreno donde se ubica.

Lo que no ha desaparecido son sus terrazas, nada elegantes pero sí bulliciosas, como lo fueron antaño.

Se dice que los madrileños son chulos, es uno de los tópicos más recurrentes pero, en algunos casos, puede que sea cierto el tópico porque… ¿cómo se explica que la ciudad de Madrid tenga una calle que se llame Madrid? Si esto no es chulería que venga Dios y lo vea.

Que Madrid tenga una calle dedicada a sí misma puede resultar algo prepotente y chulesco pero, también tiene su toque de humildad, pues es la calle más corta de todo el callejero madrileño. No tiene número ni portal y, además, es prácticamente un lateral de la plaza resultante del derribo de una fantasmal casa que hubo allí, en una encrucijada de calles, como la calle del Sacramento, El Rollo y la del Duque de Nájera.

Lo que sí tiene la calle de Madrid son dos placas con su nombre, una con el primitivo escudo de la Villa de Madrid y otra el nombre de la calle en azulejos de tipo talaverano.
Será la calle más corta de todo Madrid pero, es posiblemente la mejor señalizada.