Una diosa vino de Italia, recorrió todo Madrid, fue ultrajada y encima le salieron unas impostoras, ¿de quién se trata?

En 1625 un señor llamado Ludovico Turqui adquirió en Florencia una escultura de mármol. Para algunos se trataba de la diosa Diana, otros decían que era una Venus y otros dijeron que era una alegoría de la fe. Sea quien sea, yo digo que es una Venus, la escultura fue a coronar una fuente en la Puerta del Sol, justo frente a la desaparecida Iglesia del Buen Suceso, que estaba situada más o menos donde hoy están las vallas de las interminables obras de Fomento.

La escultura fue llamada popularmente por los madrileños como “La Mariblanca” posiblemente por su blancura. Desde lo alto de su pedestal fue testigo de todos los acontecimientos que ocurrían en la Villa y Corte, ajena al futuro incierto que le esperaba.

En 1727 empezó a sufrir en sus pétreas carnes las consecuencias de vivir en un Madrid en constante movimiento. Fue en ese año cuando decidieron sustituir la fuente que ella coronaba por otra nueva diseñada por Pedro Ribera, una vez más la Mariblanca coronaría la fuente.

Desde lo alto la Mariblanca contemplaba y se dejaba contemplar, fue testigo de conspiraciones, coronaciones reales, incluso estuvo en primera fila cuando los mamelucos pasaron a cuchillo a los madrileños en 1808, pudo ver algo similar a lo que Goya representó en su cuadro La Carga de los Mamelucos.
Tantos acontecimientos dejaron su huella en la fuente que tenía a sus pies. Fue entonces cuando decidieron destruir la fuente en 1838, este fue el año que seguramente recordará con horror porque fue el inicio de todo un periplo por Madrid que casi acaba en tragedia para la blanca y bella Mariblanca.

Como ya no había fuente que coronar en Sol, fue trasladada a una fuente de la plaza de las Descalzas, allí estuvo hasta 1892, año en el que la pobre Mariblanca sería condenada al aislamiento en un triste almacén municipal.

El siglo XX fue un siglo de esperanzas para la Mariblanca. En 1914 fue colocada en el parque del Retiro, allí disfrutaba viendo a los caballeros con chistera que paseaban con señoras encorsetadas o ponía el oído para escuchar los cuchicheos de las chachas endomingadas que paseaban del brazo de sus novios.


Cuando la Mariblanca empezó a coger el gustillo al parque vino la desgracia, alguien, sin su permiso, decidió que el mejor lugar para ella sería las frías salas del Museo Municipal y allí estuvo encerrada muchos años.

En 1969 fue liberada de su cautiverio y colocada en una de las fuentes del Paseo de Recoletos. El lugar no era el mejor de Madrid, a ella no le gustaba nada, era ruidoso y contaminado por el tráfico intenso que, además, oscurecía su blanquísima piel, esa blancura que precisamente le había dado su nombre madrileño y del que tanto presumía.

Una fría noche de octubre de 1984 sería víctima de un ultraje, algo que nunca habría imaginado pese a que ella sabía muy bien lo que era el terror.
Aquella noche, unos salvajes se liaron a golpes con ella, posiblemente con unas cadenas, las mismas que aparecieron junto a ella, destrozada, al amanecer.

Pasado el susto, fue restaurada y retirada definitivamente a una de las salas del Ayuntamiento de Madrid. Desde entonces dejó de ser la misma, nunca más quiso salir a la calle, perdió muchas cosas aquella noche, una de ellas las ganas de presumir de su blancura.

Para colmo, a la Mariblanca le salieron dos impostoras, una que se encuentra en el Museo de la Ciudad, que es la que aparece en la foto de esta entrada y otra que ocupó su lugar en 1986, justo donde estaba aquella primera fuente que tanto le gustaba en la Puerta del sol.

Pero como si de una maldición se tratara, ésta última empezó a correr la misma suerte que la verdadera Mariblanca. Hace unos cuantos años que fue retirada por las obras de Fomento. Dicen que está guardada en uno de los almacenes que el Ayuntamiento tiene en Madrid pero nadie quiere decir dónde.

Lo cierto es que hace tanto tiempo que no vemos a la falsa Mariblanca que ya casi nadie se acuerda de ella, es como si la verdadera Mariblanca, desde su exilio en el Ayuntamiento, hubiese echado una maldición a sus impostoras, queriendo borrar el recuerdo de las Mariblancas. Posiblemente sea la única manera de reivindicar su autenticidad y su blancura, que nunca fue superada por las impostoras.