En 1964, en plena lucha por la conquista del espacio entre las dos grandes potencias: EE.UU y la extinta URSS, Zambia, un país del sur de África que acababa de lograr su independencia, anunció al mundo su propuesta para adelantarse a rusos y americanos en la carrera espacial.

Edward Mukuka, un zambiano, profesor de ciencias de secundaria, lanzó un sorprendente órdago al mundo anunciando, desde la supuesta Agencia Espacial Zambiana, un programa espacial con el que pretendía enviar, nada más y nada menos, que doce astronautas, entre ellos una niña, y diez gatos a la Luna, en un viaje de ida y vuelta. Sus planes, que más que planes eran sueños, para la conquista del espacio eran ambiciosos, no sólo consistían en llegar a la Luna, el siguiente paso, dependiendo del éxito de la misión lunar, consistía en un nuevo viaje a Marte.

Si sorprendente fue la iniciativa no menos lo fue el sistema de entrenamiento al que sometió a sus “astronautas” y a los gatos. Alguna de las pruebas consistían en darse briosos impulsos en columpios para experimentar en el momento álgido del impulso la ingravidez o meter a los candidatos a astronauta en bidones de aceite para después hacerles rodar por una cuesta para simular un aterrizaje.

El profesor Mukuka no podía llevar esta empresa sin ayuda económica, para ello solicitó a la UNESCO una subvención con la que poder construir una catapulta con la que poder lanzar a los voluntariosos astronautas al espacio. Lógicamente nadie se tomó en serio su propuesta y el proyecto quedó en el olvido, no sin antes ser objeto de mofa por las “potencias mundiales”. Es cierto que semejante idea y los pueriles entrenamientos, incluso hoy provocan una sonrisa pero, en el fondo se trata de una maravillosa y enternecedora historia que pone de manifiesto el afán de superación del ser humano. Que esta historia ocurriese en la siempre maltratada África y en un país que acababa de lograr su independencia hacen que la historia tenga más fuerza y se vea no como un objeto de mofa sino como un reto, un deseo, un sueño, siempre aplastado, de un África libre sin ataduras y sin la triste etiqueta de “Tercer Mundo”.

Recientemente, en La New Gallery, una joven y prometedora galería madrileña en el número 6 de la calle Carranza, fue el escenario para la exposición “Afronautas”, una serie de fotografías realizadas por la fotógrafa Cristina de Middle, en la que se recrea, artísticamente y con originalidad este anhelo africano.

Es Madrid no Madriz estuvo allí y hablamos con Cristina sobre su obra que, con este proyecto, ha sido una de las cuatro finalistas del Premio de Fotografía Deutsche Börse que otorga la Photographer´s Gallery de Londres al autor que haya hecho la mayor contribución del año a la fotografía europea.

 

Aprovecho para agradecer especialmente a Cristina por su tiempo y paciencia, a los responsables de La New Gallery por su amabilidad y un achuchón a Quillo, el boxer que aparece en el vídeo que provocó situaciones muy divertidas.